Isabel II y Felipe de Edimburgo el día de su boda en noviembre de 1947. (Foto: AFP)
Isabel II y Felipe de Edimburgo el día de su boda en noviembre de 1947. (Foto: AFP)

Más de una novia ha creído que los contratiempos y percances en el día de la boda pueden significar un mal presagio para el matrimonio. En la de la reina y el príncipe Felipe de Edimburgo hubo más de uno, pero no afectó a su historia de amor: 73 años de relación que han acabado con la muerte del duque a sus 99 años.

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Uno de los primeros imprevistos de aquella boda celebrada el 20 de noviembre de 1947 tuvo que ver con los accesorios: en específico con la tiara de diamantes de su abuela, que se rompió horas antes de que recorriese la nave central de la Abadía de Westminster, la futura reina se lo tomó con calma.

La tiara tenía una importancia simbólica: dado que la tradición manda que sólo las mujeres casadas pueden llevar éste accesorio, la boda sería la primera vez que la joven princesa llevaría una tiara. Y ésta, en particular, rota en el peor momento, había pertenecido a la abuela de Isabel II, la reina María.

Isabel II a su llegada a la Abadía de Westminster en la carroza de Estado. (Foto: AFP)
Isabel II a su llegada a la Abadía de Westminster en la carroza de Estado. (Foto: AFP)

Aunque la madre de Isabel II había sugerido que la solución al problema era cambiar la diadema, la princesa se negó rotundamente. Faltaban sólo dos horas para la boda, y el joyero de la Familia Real se apresuró a llevarla a su taller para que pudiese ser soldada inmediatamente. La reparación fue un éxito.

Con el impasse superado, Isabel II tenía más imprevistos: se percató también de que aquella mañana se había olvidado un antiguo collar de dos hileras de perlas. El secretario privado partió raudo a recoger el collar y a causa del pesado tráfico se vio obligado a descender del auto y hacer el camino a pie.

Isabel II y Felipe de Edimburgo en la foto oficial de su boda. (Foto: AFP)
Isabel II y Felipe de Edimburgo en la foto oficial de su boda. (Foto: AFP)

Un tercer inconveniente ocurrió esa mañana: el séquito de la novia pensó que había perdido el bouquet de orquídeas blancas, sólo para descubrir a los minutos que uno de los tantos encargados de la boda de Isabel II y Felipe de Edimburgo lo había colocado en un refrigerador para preservar las flores.

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Los invitados ausentes

Aunque la madre de Felipe atendió a la ceremonia, las tres hermanas del novio -casadas con alemanes sospechosos de simpatizar con el nazismo - no fueron invitadas. El tío de Isabel, el rey abdicado Eduardo VIII, también dejó una notable ausencia.

La torta

La torta principal medía casi tres metros de alto y tenía cuatro pisos ; la cocinaron con ingredientes de todas partes del mundo; y estaba decorada con los escudos de armas de las dos familias. Se cortó con la espada del duque de Mountbatten, que había recibido de manos del rey como regalo de bodas.

Isabel II y Felipe de Edimburgo durante su luna de miel. (Foto: AFP)
Isabel II y Felipe de Edimburgo durante su luna de miel. (Foto: AFP)

Los regalos

Felipe de Edimburgo le regaló a Isabel II un brazalete de diamantes que había diseñado él mismo. La pareja recibió más de 2.500 regalos de sus invitados, entre ellos un cordón de algodón de Mahatma Gandhi, elaborado a mano por él mismo y adornado con las palabras “Jai HInd” (Victoria para la India).

La reina María regaló a la pareja una librería, mientras que la princesa Margarita les obsequió una maleta para picnics. También recibieron un caballo de carreras, una cabaña de caza en Kenia, un juego de café en oro de 22 quilates; un diamante rosa de 54,5 quilates sin tallar, entre otros tantos.

La luna de miel

Debido la austeridad de la posguerra, la pareja decidió quedarse en Inglaterra durante la luna de miel. En Hampshire, hogar del tío de Felipe, el conde de Mountbatten, y en la finca escocesa de la famila real en Balmoral. Los recién casados no viajaron solos: les acompañaba el corgi favorito de Isabel, Susan.